La cura para la corrupción es estar bien informado.

REACCIONES Y REVOLUCIONES

Por Víctor Luis González

Después del terremoto electoral que destruyó los cimientos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el ejercicio de observar las reacciones de quienes aún lo integran lleva a la confusión por cuanto podría considerarse incongruente con lo ocurrido. Por supuesto, tendríamos que pensar en conductas que corresponden a la negación por ejemplo, y también a la rabia, ambas alejadas aún de lo que sería la etapa de la resignación, en la cual es posible reflexionar con toda la racionalidad que permite la ideología dominante.

Hasta el momento, ni Gamboa ni Sauri ni Ochoa Reza, mucho menos los Beltrones, los Roque y otros que hayan pertenecido a ese grupo organizado, se han mencionado con respecto al modelo económico que el PRI avaló desde antes de la usurpación de Salinas de Gortari, y de la cual se aprovechó de lo lindo hasta el gobierno de Peña Nieto. Durante más de treinta años, el neoliberalismo fue haciendo pedazos a México, para beneplácito del consenso de Washington y de una clase que a partir de la caída del muro de Berlín y del “no hay de otra” de Margaret Thatcher, se puso por encima de la humanidad y, mediante antivalores, de toda la axiología desarrollada en los diez mil años de historia escrita.

Por desgracia tanto para el PRI y para el contexto mundial, al menos en México, llegó el momento en que grandes sectores de la población comenzaron a sospechar que su pobreza se debía a la riqueza de unos cuantos, y decidió actuar para modificar esa condición. Utilizó los recursos institucionales del propio sistema, y puso en el poder a alguien que ofrece una opción distinta a lo de siempre.

Pero nada de esto es tomado en cuenta por los priistas declarantes de cuanto consideran las razones de su debacle. Dicen, no se debieron cambiar los estatutos para aceptar candidatos externos; al PRI lo hundieron sus enemigos internos; fue la corrupción de unos cuantos, etcétera.

Sólo Patricio Martínez, senador priista, exgobernador de Chihuahua, se ha acercado un poco a los motivos infraestructurales del derrumbe, cuando nos cuenta que el partido se llenó de egresados de universidades extranjeras, que jamás pisaron una banqueta, jamás tocaron una puerta para hablar con el elector; el partido avaló el aumento de la gasolina y nunca se fijó en las anomalías en salud y educación; se negó a apoyar las iniciativas para aumentar salarios; al PRI ingresaban quienes deseaban asaltar las arcas públicas. (La Jornada, 08/07/18).

Como quiera que sea (no haiga sido como haiga sido), el primero de julio, los mexicanos, un pueblo que hasta hace no mucho podía considerarse parte de un sistema oligárquico basado en la pasividad, el conformismo, la despolitización e ignorancia de muchísima gente, se decidió a cambiar el estado de cosas. Tal vez había llegado al fondo luego de sufrir lo suficiente: sobre explotación de bienes públicos, personas y animales; despojo de derechos económicos, humanos y políticos; carencias de todo tipo, aun de alimentos suficientes.

Decía el novelista estadounidense William Styron, en su Set This House on Fire: Cuando la gente haya estado en el crisol del fuego infernal, y haya sufrido suficiente agonía y dolor, será gente de nuevo, seres humanos, no un montón de presumidas y conformes vacas que pastan en la pradera.*

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