La cura para la corrupción es estar bien informado.

LUNA DE FUEGO

Por: Víctor Luis González

El movimiento se detiene al fin y regreso a concentrarme en la espesura de la oscuridad
que huele a vapor y metal y que entra en mis pulmones igual que humo a punto de
convertirse en pasta. Comprendo a los ciegos; siempre creí que miran una claridad
azulosa, sin imágenes. Percibo a los otros a través de la amplitud oscura, en el espacio
cuyo techo toco con la punta de los dedos. Siento la humedad de quienes quedaron junto
a mí, y un brazo, una pierna en su reclamo de otro poco de sitio. Las respiraciones a mi
alrededor apestan a sed y hambre. En algún lado, afuera, debe de haber fuego. Hicieron
al fuego sustituir el Sol. O, a caso, la luna comenzó a arder, y sólo mantiene fuera de
aquí la luz dedicada a la noche, y convierte el lugar donde estamos en uno de esos toros
de bronce persas, puesto al fuego para hacerlo bramar, como si adquiriese vida, por los
condenados en su interior. Toco el metal cercano a mí; sigue ajeno, indiferente a la
oscuridad parecida al humo de volcanes. Recuerdo los caminos rumbo a las campañas;
los viajes, cuando ha dejado de ser suficiente el territorio propio y ha habido necesidad
de acudir a otros cada vez más lejanos, tanto, que las razones para su conquista se
deshacen en el camino, y dejan de entenderse. Sólo son lugares que deben poseerse,
como si en realidad siempre nos hubiesen pertenecido y no hubiera más que reclamarlos
junto con bienes y los hombres a quienes ya hemos despojado del alma para volverlos
esclavos.
Este conflicto ha comenzado por una mujer, se dice. No, no puede ser cierto. La
razón debe de ser mucho más grande, más incomprensible. Y, de nuevo, se ha iniciado
otro viaje en el camino hacia el ningún lugar de la guerra. Afuera continúa el ruido bajo
la luna ardiente. Adentro, aquí, es la oscuridad y la espera. ¿Hace cuánto debí
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acostumbrarme a las esperas? En el mar las esperas tienen la cuenta finita de días antes
del avistamiento de tierra. Aquí, como antes de las batallas, la espera se prolonga y
nadie de nosotros sabe cuándo concluirá. Tal vez nunca saldremos de aquí. El ruido de
afuera es el alimento de la espera. ¿Cuándo terminará ese ruido de voces, risas, música?
¿En qué momento la espera se irá y dejará de ser una mano en nuestro cuello, igual que
lo es la oscuridad sólida e hirviente? Sí, la luna debe de estar ardiendo. Debe de haberse
encendido, tocada por el Sol para hacerse sustituir en la noche, ahora que ganaremos
esta lucha, larga como las esperas. ¿Qué dirán nuestros filósofos mientras contemplan la
luna de fuego? ¿Cuál, la expresión de nuestros soldados? ¿Qué sentiremos nosotros tan
pronto podamos verla?
Siento la indiferencia del metal de mi arma. En el fondo de ninguna parte, dentro de
la oscuridad, escucho una voz que ha descubierto silencio afuera. Movemos nuestros
cuerpos para recuperar un suspiro, la vida de los músculos; entonces no era yo un
muerto pensante pudriéndose bajo tierra. El silencio sustituye a la espera, no durante
mucho. Abrimos la compuerta del piso. La madeja de la oscuridad y el calor caen y
entra aire y luz. Descolgamos las cuerdas y comenzamos a descender del caballo de
madera.
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