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Los presidenciables y el uso de la fe

El 16 de octubre, la designación del candidato a la Presidencia en el PRI fue descrita por el presidente Enrique Peña Nieto como una liturgia; otro día, una sorprendida Margarita Zavala reaccionó con torpeza ante la salutación de un matrimonio integrado por dos mujeres y su hija, un tema que, en noviembre, y junto con el aborto, Andrés Manuel López Obrador declinó abordar “para no ofender a nadie” en su presentación de proyecto de nación.

 

En el Frente Ciudadano por México dejaron fuera de su plataforma lo que sus mandamases llaman “temas sensibles”, esto es: matrimonio igualitario, adopción como derecho para parejas de un mismo sexo, aborto o legalización de la mariguana, asuntos todos estos en los que el PAN ha empatado históricamente con la postura de la Iglesia, y que impuso en su alianza, al PRD y Movimiento Ciudadano que reivindicaban lo opuesto.

Así, por estos días, en lo simbólico de las ofertas políticas y el contenido que presentan a los electores, hay un notorio componente religioso.

Sabemos que las contiendas electorales posicionan fórmulas retóricas que, por lo general, más allá de una propuesta concreta, intentan causar un efecto en el sector de la sociedad que vota libre y –si hemos de creer en la democracia electoral, aunque sea como acto de fe– en ocasiones hace la diferencia en el resultado. Se basan en una técnica, tienen como punto de partida la medición de las emociones e ideas colectivas, son fórmulas creadas por profesionales para conectar con el electorado.

Algunas de las fórmulas son tan exitosas que se quedan en la memoria: bienestar para tu familia, era el de Ernesto Zedillo; cambio, ofreció Vicente Fox; presidente del empleo, quiso promoverse Felipe Calderón… aunque sus gobiernos resultaran otra cosa: crisis con el primero; patética continuidad política y económica con Fox; desbordamiento de violencia con Calderón.

En las elecciones, los slogans publicitarios son sólo eso y que sea así no es privativo de México. A veces, para conectar, hay que buscar un enemigo grande y unificador. En Estados Unidos, por ejemplo, construir enemigos funciona bastante bien: el terrorismo o los mexicanos; o en lo doméstico, la campaña “un peligro para México”.

En general, si la publicidad electoral se midiera con la misma vara que la publicidad comercial, nos encontraríamos frente a judicializables casos por publicidad engañosa. Y en este periodo, formalmente electoral, el engaño sutil está en la conexión con la fe, que se relaciona con la profunda fe cristiana, predominantemente católica, de la población mexicana.

Peña Nieto comparó las formas autoritarias de su partido, herencia del presidencialismo hegemónico, con la liturgia, el ritual y el cónclave católico ¿quién se atreve a cuestionar el dictado de Dios a los purpurados electores del Papa? Después de eso, el análisis político, articulado desde la laicidad, incluía ritual y liturgia, para explicar la reedición del vetusto “destape”. Mensaje claro: en la imposición, como en la revelación divina, blasfema el disidente.

O crear un partido llamado Morena, en el país de origen y extendida veneración a la “virgen morena”, cuyo día conforme al santoral es el 12 de diciembre, fecha elegida para “registrarse” como precandidato a la Presidencia.

El pasado 30 de octubre, en esta misma sección, se anticipaba cómo los grupos ultraconservadores ya habían logrado imponer sus criterios confesionales, tanto en el ámbito legislativo como en las políticas públicas, señaladamente en educación y salud, construyendo un blindaje para que, pase lo que pase en la elección presidencial, su agenda persista. Hoy vemos que además del fondo, la representación simbólica para conectar con los electores patenta el pragmatismo capaz de bifurcar en su búsqueda de votos, política y religión.

 

 

 

Fuente: http://www.proceso.com.mx

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