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ESA PROLE ENVIDIOSA

Por Víctor Luis González

Según el diccionario marxista de filosofía, el proletariado (del latín proletarius, indigente) es una de las clases fundamentales de la sociedad burguesa (o capitalista), la cual se halla privada de la propiedad sobre los medios de producción (máquinas, tierras, instrumentos de labor) y se asegura los medios de subsistencia a base de vender su fuerza de trabajo.

Cabe aclarar que la mayoría de nosotros, en la medida que vendemos nuestra fuerza de trabajo para recibir un sueldo, somos proletarios. No importa que trabajemos en una oficina o modelando ropa, o seamos científicos, profesores o lava excusados. Además, somos de la clase que se encuentra destinada, históricamente, dialécticamente, a acabar con el modo de producción capitalista y revolucionar el mundo.

Así pues, el proletariado en la sociedad capitalista está formado por los trabajadores, por todos aquellos que, transformando la materia de una u otra manera, producen los bienes y riquezas de las naciones. Se trata de la clase social que carga con todo el edificio social, en particular, con mantener la ganancia y acumulación de los capitalistas. Estos obtienen esas ganancias a partir de un hecho, categorizado por Carlos Marx luego de observaciones y comprobaciones científicas, con el nombre de plusvalía.

La plusvalía, el secreto de la explotación capitalista, es el medio a través del cual el producto del trabajo humano es enajenado (quitado) a los trabajadores. Los salarios sólo pagan (mal) una parte de la producción. En una fábrica de zapatos, por ejemplo, el salario de un trabajador se obtiene de la producción del primer par de zapatos del día. Pero, en la jornada, no sólo se fabrica un par de zapatos.

Se supone que el salario debe servir para que el trabajador reproduzca su fuerza de trabajo con el pago de insumos —alimentos, vivienda, agua, electricidad, gas, etcétera— que le permitan vivir. Y si tomamos en cuenta lo paupérrimo de los salarios, por lo menos en México (el peor país neoliberal en el pago de salarios), ya podemos suponer lo que sufre un trabajador para reproducir su vida y la de su familia, y poder ejercer su trabajo. La sociedad capitalista vive y progresa sobre la suma de esos trabajos y esos sufrimientos, de la misma manera que las sociedades esclavistas de la antigüedad, como la Roma imperial, la Grecia clásica y el imperio Persa, descansaban sobre el trabajo y el sufrimiento de los esclavos.

Gracias a la clase trabajadora, el proletariado, todo vive y funciona. En cambio, las clases dominantes, los capitalistas, no deben hacer nada pues tienen el chiste de poseer medios de producción. Con éstos extraen plusvalía a trabajadores cada vez más mal pagados. Obtuvieron esos medios de producción a partir de una acumulación original de dinero, algo bastante difícil de construir con trabajo honrado, y que la mayoría de las veces fue hecho gracias a la invasión de continentes, la piratería, la trata de personas, el contrabando, las guerras de opio, las guerras en general, espejitos a cambio de verdaderas riquezas, la venta de armas, droga y alcohol, la destrucción del planeta, el despojo, la explotación, el usufructo de tierras y bienes que pertenecen a pueblos completos; de obtener puestos políticos y presidencias en repúblicas que se miran como negocios y por la tergiversación de proyectos nacionales convertidos en proyectos personales.

O sea, los capitalistas son especies de parásitos que cada vez parecen más dispuestos a exprimir las vidas de sus huéspedes. Así son los trump, los soros, los larrea, los bailleres, servitjes, slims, los salinas, la mayor parte de los presidentes mexicanos, los calderones y peñas nieto; parásitos perjudiciales, de quienes los trabajadores –los hacedores de toda riqueza— han de deshacerse, mientras más pronto, mejor, por el bien de las sociedades y su mundo

Foto: De Internet

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