La cura para la corrupción es estar bien informado.

El primer día del resto del sexenio.

Por: Xavier Gaona López

Este día vi los volcanes cubiertos de nieve, el viaje en el Metro me permitió observarlos. También el Palacio Legislativo rodeado de gente. Es el primer día de Andrés Manuel López Obrador en la presidencia de México.

En diversas ocasiones, he transitado frente al inmueble de Congreso de la Unión; asimismo, varias veces he escuchado los discursos de toma de protesta de presidentes priístas y panistas. He vislumbrado que el poder no se concentra ni en el Ejecutivo ni el Legislativo ni siquiera en lo Judicial. El poder radica en el dinero, pero la distribución de éste, es por mucho, inequitativa. Por lo tanto, unos cuantos tienen todo y la gran mayoría tenemos poco o nada. Estos últimos votamos hace cinco meses por una esperanza, por la posibilidad de acceder a sistemas de salud, a escuelas de nivel básico hasta nivel superior; de comprar una vivienda, conseguir alimentos, tener tiempo para la cultura y en esencia de tener una vida feliz, con base en el trabajo y la perseverancia. Después de todo, una “República amorosa” se consigue con un pueblo contento.

Y como la felicidad es algo subjetivo, en su mayoría, que depende de cada uno de nosotros. No puedo soslayar que las circunstancias externas también influyen en la forma de concebir la existencia. Como me explicara un viejo amigo: “el destino son los otros”.

En este primer día del resto de los seis años que Andrés Manuel estará en la presidencia, las televisoras, antes fieras detractoras, hicieron una cobertura apoteósica del nuevo presidente. ¿Será que esto estaba pensado desde hace años? ¿Más pan y circo para el pueblo? Queda más de un lustro para contestar a estas dos preguntas. Eso sí, espero que mis sospechas sean sólo conjeturas del miedo a una decepción que no me gustaría confirmar. Confío que el aire de la Patria nos permita ver más allá de nuestros volcanes y limpie los temores que de antaño han sembrado gobiernos corruptos y sin interés alguno en su pueblo.

Por último, no puede dejarse en manos de unos cuantos la llamada “transformación” de nuestro país, la decisión está en cada ciudadano que sin importar su filiación política quiere un lugar mejor para vivir. Sin embargo, el ser humano necesita fe y esperanza, y aunque estos dos son elementos intangibles encierran una fuerza inconsciente que mueve a la voluntad. Sin afán de ser pesimista, confío en que este nuevo sexenio no se quede en pura esperanza y en escuchar discursos burlones, pues me gustaría que el viento nos permita observar algo más que los volcanes.

 

Ciudad de México, a 1 de diciembre de 2018.

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