La cura para la corrupción es estar bien informado.

Ante la corrupción, retomar valores…..

El mes pasado el Barómetro Global de la Corrupción dio la triste noticia de que México es el país con mayor corrupción en América Latina.

 

El 51 por ciento de la población ha sobornado a autoridades para acceder a servicios públicos básicos, dice la encuesta, que coloca a la República Dominicana en el deshonroso segundo lugar. El 46 por ciento de sus habitantes cometió ese acto ilícito, según el estudio titulado Las personas y la corrupción: América Latina y el Caribe.

El contraste lo da Trinidad y Tobago, isla donde solamente 6 por ciento de sus ciudadanos ´pagó algún soborno durante los últimos 12 meses.

México tiene calificaciones altamente negativas en cuatro de los cinco indicadores analizados: variación en el nivel de corrupción; desempeño del gobierno frente a la corrupción; corrupción en la policía; cantidad de ciudadanos que pagan sobornos, y acciones de los ciudadanos contra la corrupción.

Sin entrar en mayores detalles, agregamos que el reporte se basa en una encuesta a más de 22 mil personas en 20 países y fue divulgada mundialmente el 8 de octubre pasado. La información está disponible en www.transparency.org.

Como el lector supondrá, junto con los mexicanos que pagan sobornos, están los gobiernos, algunos políticos, partidos y los empresarios más destacados que ejecutan una amplísima gama de corruptelas.

Por otro lado, el INEGI ha reportado que más de 90 por ciento de la población percibe que el segundo mayor problema de México es la corrupción.

Zacatecas, lamentablemente, no es ajeno a esa situación, palpable en muchos conflictos políticos, sociales y hasta en el ámbito de la educación, desde la básica hasta la superior, tal como puede verse en la Universidad Autónoma de Zacatecas, cuya inviabilidad financiera puso en el tapete de la discusión el empleo abusivo o verdaderamente corrupto de sus recursos económicos.

El objetivo de este comentario no es abundar sobre los tejemanejes de la máxima casa de estudios, sino el de ver a la corrupción como un fenómeno que ya lleva muchísimos años de arraigo en México, aunque del año 2000 a la fecha se convirtió en un conflicto avasallador y altamente peligroso que mina hasta los cimientos al Estado mexicano, destruye a la sociedad y quebranta vidas familiares e individuales.

Todos los peores males que aquejan a los mexicanos tienen una base común: la ausencia o extravío de los valores del bien común. ¿Cuáles son esos valores?

José Emilio Graglia, en su libro Políticas Públicas, 12 retos del Siglo 21, define que el bien común es el conjunto de valores, condiciones que posibilitan el desarrollo integral del hombre en la sociedad, y menciona que sus valores son cuatro: la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad.

“Sin la realización de dichos valores no hay desarrollo que sea integral”, sentencia Graglia, quien señala la urgencia de crear estructuras que consoliden un orden social económico y político sin inequidad y con posibilidades para todos.

También exhorta a crear nuevas estructuras que promuevan una auténtica convivencia humana y sean capaces de impedir la prepotencia de algunos y abran puertas al diálogo constructivo necesario para lograr consensos sociales.

Hablar de ética y de valores, por más que hoy sea una urgencia nacional, no es común ni siquiera hoy, cuando su ausencia carcome ferozmente a la sociedad, que se debate entre la corrupción, la impunidad y la irrefrenable violencia del crimen organizado.

Mas es necesario recuperar ahora los valores, porque sin ellos nunca saldremos de la espiral de corrupción, violencia, despojo e impunidad que sufrimos.

Verdad, libertad, justicia y solidaridad, deben ser faros que iluminen esta larga noche por la que penosamente transitamos no solo los mexicanos, sino los ciudadanos de otros muchos países.

La corrupción y la impunidad, como a diario podemos constatarlos en los medios de comunicación, no son males exclusivos de naciones pobres, sino que también en las grandes potencias económicas tienen arraigo. Es la globalización del mal, omnipresente y fatídico.

Pero no por sus características debemos asumir que corrupción e impunidad son inherentes a los humanos, tampoco son males culturales. Son desviaciones, equívocos en los que hemos caído y de los cuales podemos levantarnos.

Recompongamos nuestra esencia, individualmente, luego hagamos de la familia un valladar que le cierre el paso a estos males de nuestros días, ya después las nuevas conductas trascenderán hacia la sociedad y a un México que, al recuperar los valores, también retomará la ruta de un crecimiento económico favorable para la mayoría.

 

 

Fuente:  http://ljz.mx

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