Illustration of an rusty, grunge, aged Cuban flag.

Por Víctor Luis González

Dentro de la lucha ideológica a la que se hallan sometidos quienes creen vivir en el mejor de los mundos posibles, y consideran espeluznantes los discursos a favor de individuos y países normalmente vilipendiados (a través de radio y televisión) “por los que saben”, observamos la discusión acerca de por qué hay resistencia de algunos lugares del mundo en contra de la “modernidad, de lo moderno, de lo actual y lo de hoy”.

Sin duda, el país que más suele poner los pelos de punta a los defensores de los avances del siglo XXl es Cuba.

Con el fallecimiento reciente de Fidel Castro, las cuestiones viejas acerca de su “dictadura”, del régimen socialista, “antiguo” y “trasnochado”, con que se aprisiona a los cubanos, y muchos otros prejuicios, se pusieron de moda un buen rato, y ahora sobreviven en reuniones en que no falta el “despistado”, “ignorante”, que no lee el Internet para estar al tanto del mundo y de seguro por edad no le entra a las redes sociales, alguien quien mediante invocar ideas y palabras extrañas por viejas (socialismo, marxismo, lucha de clases, igualdad) propicia el fin violento del convivio.

En uno de sus artículos (La Jornada, 2016-12-11) Tatiana Coll postula siete afirmaciones equivocadas sobre Cuba y Fidel, las cuales suelen ser más o menos los lugares comunes anticomunistas con que los medios hacen su parte en la defensa de un status quo y sus usufructuarios, negados al cambio y progreso social, por razones obvias.

Algunas de estas afirmaciones, descritas por la Doctora Coll, ponen a Cuba como un país donde la revolución fracasó “y sólo hay jineteras y traficantes”, donde nada ha cambiado y se vive una dictadura. “En México se ha afianzado entre ‘investigadores-opinadores’ que Benito Juárez fue un dictador, mientras Porfirio Díaz el motor del desarrollo contemporáneo. Con estas concepciones miran también a Cuba”. Asimismo, con este rasgo ideológico, capitalista y neoliberal, se quiere ver a Cuba como una región que, por culpa de un dictador, vive en el pasado y la inmovilidad. Y nunca se menciona el bloqueo criminal de hace ya tantos años, el cual, con todo, nunca consiguió la caída del régimen; antes, más bien, lo ha evidenciado como una parte importante de la organización social del trabajo, que pese a todo demostró, como afirma la doctora Coll, que en medio de la brutalidad de leyes extraterritoriales y una crisis extrema por la desaparición de su mayor socio comercial, la Unión Soviética, mantuvo lo que en el mundo entero es lo primordial para el desarrollo humano: alimentación, educación, salud, empleo.

Desde luego, habría que aceptar que Cuba sufre ciertas carencias, pero su importancia siempre será cuestionable: Ipots, celulares, automóviles… En comparación, el “régimen castrista” ni privatiza el agua ni propicia las condiciones para el aumento a las gasolinas, ni dicta reformas para el despojo y la explotación extractivista y depredadora, ni reduce los presupuestos contra los derechos esenciales, como salud y educación.

Por último, hablando de modernidad, habría que recordar lo dicho por los clásicos del marxismo y el mismo Marx con respecto a los distintos modos de producción a través de la historia. Así como el feudalismo es una sociedad superior (también, digamos, moderna) con respecto al esclavismo, el capitalismo lo es con respecto al feudalismo, y el socialismo lo es asimismo con respecto al capitalismo, lo cual nos permite observar que los anticuados y trasnochados (los que viven en la prehistoria, pues) son los capitalistas, por más smart phones de última generación que presuman.

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