Por. Alberto Pérez Schoelly

 

Durante todo el siglo XX se ha señalado a diferentes personas, grupos y partidos políticos, con el epíteto de “populista”, algo casi tan nefasto como el de “comunista”. Este último ya muy en desuso a raíz de la caída del Muro de Berlín, es decir de las sociedades en transición europeas encabezadas por la ex Unión Soviética y que fueron mal llamados “países socialistas”. Pero eso será motivo de algún otro artículo. Hoy en día se continúa llamando “populistas” a algunos Jefes de Estado, a políticos como López Obrador y hasta al mismo Presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump. Pero, bien a bien, ¿existe alguna base científica para esta designación? ¿Podríamos considerarla una categoría válida en la ciencia política?

Hay que remontarnos algo en la historia, para rastrear los primeros usos de este término. A principios del siglo XX, los marxistas rusos encabezados por Lenin emprendieron una fuerte lucha teórica contra los llamados “populistas”, que no eran otra cosa que los socialistas que basaban su práctica en el campesinado ruso y eran fuertemente nacionalistas. Partían de que el mismo Marx consideraba a la comuna rural rusa como una posible base para construir el socialismo en la atrasada y feudal Rusia. En este punto en concreto no estaban equivocados, pero según la crítica de Lenin, el populismo ruso “se basaba en la crítica romántica y pequeño burguesa del capitalismo; en el desconocimiento de los importantísimos hechos de la historia y de la realidad rusas. “ [1]

Después de esos años, no hay más referencias de la existencia de “populismos”. Las cuestiones políticas en el mundo estaban claramente diferenciadas en dos campos: los comunistas y los “liberales” o pro-capitalistas. Los comunistas rusos llegaron a ser acusados peyorativamente de “populistas”, por supuesto. Antes de la Segunda Guerra Mundial, el movimiento fascista en Italia y posteriormente el nazismo en Alemania, en sus inicios, fueron designados –también peyorativamente- por algunos medios de comunicación, como “populistas”.

Podemos afirmar que sería hasta después de la Segunda Guerra Mundial que el término populista empieza a ser utilizado en medios académicos, principalmente, para describir a regímenes como el de Getulio Vargas en Brasil, el de Juan Domingo Perón en Argentina o al del mismo General Lázaro Cárdenas en México. Para el sociólogo Edward Shils, “el populismo es una ideología que proclama que la voluntad del pueblo reina por sobre todo lo demás, por encima de aquellas instituciones tradicionales y también sobre la voluntad de otros niveles sociales. El populismo identifica la voluntad del pueblo con la justicia y la moralidad”.[2]

En suma, para Shils y para otros académicos, el populismo apela más al sentimiento y la emoción de las masas, que a la racionalidad y a cambios realmente posibles en la sociedad. Aquí cabe ya cualquier movimiento social que se aparte de las normas democráticas establecidas. Obviamente que el marco de referencia con que medía a los “populistas”, era el sistema democrático de los países capitalistas avanzados. Para la década de 1970, “populismo” podía aludir a tal o cual movimiento histórico en concreto, a un tipo de régimen político, a un estilo de liderazgo o a una “ideología de resentimiento” que amenazaba por todas partes a la democracia. En todos los casos, el término tenía una connotación negativa.

Actualmente, el epíteto de “populista” se le endilga a todo tipo de movimientos y de partidos disímbolos, por el único motivo que le son desagradables a los medios masivos de comunicación, a sus comentaristas, a sus lectores de noticias y, obviamente a los dueños de éstos, que forman parte, en todas partes, de las oligarquías dominantes. Al entender por qué desagradan tanto, comprendemos también  que todos esos movimientos tienen unas características comunes. El populismo tiene una historia que coincide con la de la democracia moderna, de la cual representa a la vez el remordimiento, el insulto y la nostalgia, en una mezcla contradictoria.

De una manera general, es difícil atribuir una definición al populismo, porque se trata de un insulto, antes que un sustantivo. La estudiosa francesa Chantal Del Sol, en un texto imprescindible, “Populismos. Una defensa de lo indefendible”, señala: “La acusación de populismo (ya que se trata de una acusación, y no de una denominación objetiva) da cuenta de la reticencia de la opinión dominante a la hora de aceptar el destino de una verdadera democracia (…) una democracia que inventa el concepto de populismo, o dicho de otra manera, que lucha mediante el escupitajo y el insulto contra opiniones contrarias, demuestra que falta a su voluntad democrática. Manifiesta que sus élites, a pesar de su discurso, no han aceptado la controversia, y restablecen la perpetua lucha de clases, exasperadas al no poder imponer sus verdades”. [3]

En las últimas décadas tenemos que “populista”, puede ser cualquier Jefe de Estado o partido político que se oponga a las instituciones democráticas legalmente establecidas. Por supuesto que los regímenes latinoamericanos como el de Venezuela, el de Brasil, el de Ecuador y el de Uruguay, encajan en la definición de “populismo”, acuñada en los centros académicos estadunidenses y europeos. Han señalado también a Trump como populista, así como antes a Berlusconi. Hoy es Le Pen en Francia, que maneja un programa derechista de abierto corte fascista y anti inmigrante. Es decir, ya no existen las diferencias ideológicas, puede haber “populistas” de izquierda y de derecha.

Pero, estaríamos muy equivocados si pensáramos que el “populismo” solamente hace referencia a la cuestión política. Economistas como Rudiger Dornbusch –el padre ideológico de Carlos Salinas de Gortari, para más señas- y otros, opinan que existe también un  “populismo macroeconómico” según el cual son “populistas” aquellos que tienen una mirada económica que “prioriza el crecimiento y la distribución del ingreso y no se preocupan suficientemente por los riesgos de la inflación y del déficit en las finanzas, por las limitantes externas y por las reacciones de los agentes económicos frente a políticas agresivas que afectan el mercado”[4]. Este “populismo macroeconómico” parecería referirse entonces a un tipo específico de políticas económicas. Y sin embargo, en los debates recientes, cualquier tipo de comentario o idea que no sea total y completamente amigable hacia la oligarquía capitalista, recibe el mote de “populista”. La Cámara de Comercio de los Estados Unidos declaró recientemente que son “populistas” todos los que tratan de “eliminar el sistema del capital libre y abierto”. A Obama se le acusó, en su momento,  de serlo sólo por decir que le gustaría que los millonarios pagaran un poquito más de impuestos. El Wall Street Journal llamó “populista” al ex precandidato presidencial demócrata Bernie Sanders porque dijo que el Congreso debería “enfocarse en la creación de empleo y en los ingresos de las familias de clase media y los trabajadores”. De hecho, para ese periódico, la mera preocupación por el tema de la “desigualdad de ingresos”  es síntoma de la enfermedad del “populismo” (porque los ingresos de cada cual son un asunto privado, claro).

En conclusión, tenemos un escenario dividido en dos campos fundamentales: por un lado, la pretendida “democracia” neoliberal defendida por las oligarquías primer y tercermundistas y por otro lado, la democracia popular-ciudadana (o “populista”) que definitivamente no corresponde a los cartabones de la primera, y por ello debe ser definitivamente rechazada.  El “populismo”, en suma, no existe, es un invento de las oligarquías capitalistas para defender el status quo.  De hecho, es más bien el propio capitalismo neoliberal, con sus valores individualistas, y su compromiso claro con los intereses capitalistas de las oligarquías, el que es, de hecho, una de las mayores amenazas que enfrentamos, no sólo en México, sino en todo el mundo.

[1] Lenin, V.I. Obras Escogidas, tomo I, Editorial Progreso, Moscú, 1966, pág. 95.

[2] “The Torment of Secrecy”. Dee, Chicago, 1956, pág.98. Ver también el excelente estudio de Tim Houwen, “The non-European roots of the Concept of Populism”. Sussex European Institute. University of Sussex, UK, 2011. Ambos pueden consultarse en internet.

[3] Del Sol, Chantal. “Populismos. Una defensa de lo indefendible”. Ed. Ariel (Planeta), Barcelona 2015.Pp. 175 y 178.

[4] Dornbusch, Rudiger, “Macroeconomic Populism”. Journal of Development Economics 32 .247-277. (1990). North-Holland.

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